En una estación pequeña, digamos un municipio de pocos miles de habitantes, la realidad del equipo es algo así:

Muchas veces el equipo viene como donación internacional: chaquetones, pantalones, botas, cascos, mangueras. Por ejemplo, en Bomberos Voluntarios de Michoacán IAP se logró entregar 18 equipos estructurales/forestales donados desde EE.UU. para municipios que “no tienen nada”. Pero esos equipos vienen generalmente usados o dados de baja en su país de origen. En ese mismo ejemplo se menciona que el equipo “usado … en excelentes condiciones” se logró gracias a gestiones. Además, el costo de traerlos es significativo: la donación costó unos 18 000 pesos de gasto de aduana/paquetería para ese lote, mientras que comprar nuevo costaría más de 40 000 por cada traje. En zonas rurales, la mayoría de los bomberos son voluntarios: por ejemplo, en Michoacán el 85 % de los municipios tienen cuerpos compuestos por voluntarios.

“Cuando suena la alarma, somos nosotros”: la presión real
Imagínate: la sirena suena en mitad de la madrugada, para un incendio forestal, un taller con materiales tóxicos, un accidente vehicular. El bombero voluntario debe salir con lo que tiene: casco con golpes, chaquetón que ya cumplió su vida útil, botellas de aire que quizá tienen muchas horas de uso.
Uno de los voluntarios comentó: “Malamente parte del paquete presupuestal o de gobierno no alcanza para contar con este equipamiento, sobre todo de unidades por el costo”. Hay un testimonio más crudo vía foro: “…Mucho de su equipo es viejo o donado… hasta donde sé (por gente que trabajaba forma cercana a bomberos) muchos cumplen el curso, pero no son tan competentes/habilidosos como esperarían.” Esa tensión entre “querer dar lo mejor” y “tener lo que llega” se traduce en estrés adicional, porque además del fuego o rescate, está la preocupación por la propia seguridad.
“No tenemos para renovar”: las barreras para obtener buen equipo
Obtener equipo nuevo, certificado, adecuado, en zonas pequeñas se vuelve misión casi imposible:
Los precios: como ya vimos, un traje estructural nuevo puede costar más de 40 000 pesos solo para uno de los elementos. La logística de donaciones: traer equipo donado suena bien, pero implica transporte internacional, permisos, aduanas, traslado interno. En muchos casos la demora es de meses o más. Además, muchas veces los programas gubernamentales priorizan municipios grandes o estratégicos, dejando a los más chicos “por debajo del radar”. En Michoacán se lo expresaron así: “este apoyo va dirigido a municipios que… quedaron fuera de programas porque su población es reducida”. Y aunque haya voluntad, los recursos humanos son escasos: tanto para operar como para realizar el mantenimiento del equipo, capacitar al personal, homologar normas, etc.
“¿Cómo lo hacemos funcionar?”: adaptaciones, comunidad y voluntad

Los bomberos voluntarios de zonas pequeñas han desarrollado una forma de supervivencia operativa que incluye:
Mantenimiento interno y local: Si algún casco está dañado, lo reparan con recursos propios; si la manguera ya tiene varios años, la rotan para entrenamiento y no para intervenciones de alto riesgo. Uso dual del equipo: El equipo donado o usado se asigna primero a emergencias “menos críticas” (incendio forestal leve, rescate vehicular) y si hay incidente mayor, se espera apoyo externo. Redes de donación y solidaridad: Como los cuerpos de EE.UU. que donan equipo a México; el municipio de Nochistlán de Mejía, Zacatecas, recibió una donación de equipos de bomberos de Santa Cruz, California. Eventos de recaudación local: Por ejemplo, en Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Tequisquiapan se organizó una subasta para recaudar 200 000 pesos con el fin de adquirir equipo y mejorar instalaciones.
“Somos voluntarios, pero no estamos de adorno”: vocación + realidad
El contexto rural/municipal pequeño tiene sus propias dinámicas:
Ser voluntario no significa “estar desinformado del riesgo”: al contrario, estos bomberos conocen cada callejón del pueblo, cada riesgo forestal de la temporada. Pero la falta de buen equipo y recursos afecta la confianza del bombero: salir sabiendo que quizá el traje ya pasó su vida útil, o que el SCBA (respirador autónomo) tiene muchas horas, genera una carga emocional adicional. Aun así, la vocación prevalece: los voluntarios salen cuando toca, se coordinan con Protección Civil municipal, podrían hacer rifas, campañas, talleres de prevención, porque saben que es su comunidad —y la comunidad los conoce.
Reflexión final desde el casco de un bombero voluntario
Cuando te paras frente a una emergencia —una casa en llamas, un accidente, una fuga de gas— sabes que lo que tienes entre manos puede marcar la diferencia entre salvar una vida o lamentar una pérdida. Pero en muchas estaciones pequeñas de México, esa línea se sostiene más por la vocación que por la certificación del equipo.
Los datos lo dicen con claridad: a cuerpos locales en municipios medianos o pequeños les llegan donaciones de botas, cascos y chaquetones desde los Estados Unidos. Por ejemplo, al departamento de bomberos de Parral, Chihuahua, se le donaron 10 pares de botas, 8 chaquetones, 16 pantalones, 4 botiquines y 6 cascos provenientes del exterior. En otro caso, una donación masiva para 15 municipios mexicanos incluía “más de mil equipos de respiración, más de 200 chamarras y pantalones, cientos de cascos, mangueras y botas”.
Sin embargo, aunque la intención es admirable y la solidaridad real, las donaciones no sustituyen la necesidad de contar con equipo nuevo, certificado y operativo. En aquel reporte sobre la donación para 15 municipios se reconocía que los equipos de respiración autónoma son “de primera necesidad para los bomberos mexicanos”, señalando que muchos cuarteles “realmente no tenían nada de equipo de protección, trabajaban con casi nada o todo estaba bien gastado”.
Para el bombero voluntario en una zona rural o un municipio pequeño, esto se siente en el momento de la salida: tal vez el traje está al límite de su vida útil, la SCBA tiene muchas horas de uso y el casco ya resiente el golpe de emergencias previas. Y sin embargo, él o ella sale. Porque la comunidad espera; porque entra en acción.
Pero esa acción no debe depender únicamente de la buena voluntad. La dignidad del bombero exige que el equipo, aunque donado, esté en condiciones de servir como debe: proteger al operario, y permitir que el operario proteja al otro. Cuando un bombero confía en que su equipo es adecuado, también confía en que el municipio, el estado y la sociedad lo respaldan. Cuando no, se añade al riesgo una carga emocional —y moral— que no debería ser parte del uniforme.
En suma: la donación es una pieza valiosa del rompecabezas, pero no puede ser la única pieza. La inversión sostenida, los mantenimiento adecuados, el reparar lo vital y el renovar lo obsoleto son requisitos fundamentales. Porque salvar vidas también requiere equiparse para estar vivo al volver. Y porque la dignidad del bombero voluntario —ese que sale sin que le pidan el favor— se fortalece cuando su herramienta también vale.
