El liderazgo en la familia.

Dirigir una familia necesita de tanta preparación y gestión como dirigir un departamento de bomberos. Si no existen unos objetivos, una misión, unos plazos y una estrategia, entre otras cosas, es difícil llevarla a buen puerto.

Por el camino perderemos parte de su valor y tomaremos decisiones que en algunas ocasiones pagaremos con un altísimo precio.

Si el departamento posee todos estos elementos pero no es dirigida por un buen gestor, por un líder, de nada servirán todos los esfuerzos que hagamos por organizarlo.

Y lo mismo ocurre con nuestra familia, en la que los líderes naturales son el padre y la madre.

De nosotros depende el bienestar físico, psíquico y espiritual de nuestros hijos. ¡ De nuestros hijos!

No podemos instaurar normas que no cumplimos; no podemos exigir a nuestros hijos más de los que éstos pueden dar. No podemos improvisar, ni dirigir sin una meta, ni tomar decisiones unilaterales sin contar con nuestra pareja. No debemos imponer nuestro criterio a base de gritos y amenazas o dependiendo de nuestro estado de ánimo o cansancio.

Debemos:

Poder comunicarnos con nuestros hijos de manera empática, respetar sus sentimientos y saber ayudarles a lo largo de su evolución.

Motivarles y fomentar en ellos los valores que defendemos. Debemos fortalecer los lazos entre ellos, enseñarles a ser fuertes por dentro y por fuera, a no dejarse influenciar por la moda o valores epidérmicos.

Dirigir reuniones familiares en la que participe toda la familia y donde se lleguen a acuerdos consensuados por todos. Debemos ser modelo de ejemplo y aplicar una autoridad positiva.

Un buen padre o madre debe ser un buen líder. O intentar trabajar para acercarse lo máximo posible a este estado de excelencia. El que se conforme con menos conducirá una familia abocada al fracaso o a la mediocridad.

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